domingo, julio 31, 2005

Con Objetivos Poco Claros

Una de las bases de una buena planificación, y cuidado sino la más importante, es contar con unos objetivos muy bien definidos, que nos permitan trazar líneas de acción adecuadas al nivel de nuestras expectativas. Si esto falla, corremos el riesgo de perder todo nuestro tiempo y esfuerzo en alcanzar cosas que no buscamos o incluso quedar en una posición de riesgo que nos devuelva al estado previo o a un estado en peores condiciones. El escualidismo venezolano padece de mala definición de sus objetivos.

En días recientes sostuve una conversación con una amiga del Zulia, y esta me explicaba que su grupo de acción política seguía los lineamientos de Gene Sharp relativos a la Resistencia No Violenta y con los cuales me encuentro muy de acuerdo por evitar la confrontación bélica, durante su explicación de la filosofía la interrumpí y le pregunté “¿Cuál es el objetivo de hacer esto?” a lo que ella me respondió “Chávez”.

He pasado varios días analizando esta respuesta, no es la primera vez que la recibo de alguien de oposición y mucho menos de los miembros de la oposición tradicional quienes siempre argumentan sus acciones diciendo que su objetivo es sacar a Chávez. ¿Y qué se supone que quieren con Chávez?, ¿Es que Chávez como tal es un objetivo?; yo no lo creo, si esto fuese así entonces con que Hugo Rafael cayese enfermo y muriese se resolverían los problemas de pobreza, desempleo, inseguridad y en general el subdesarrollo de nuestro país; esto querría decir que los años previos al chavismo fueron una panacea de progreso y felicidad para Venezuela y que solo la mano temible del tirano de Barinas nos llevó al punto de degradación en el que se encuentra nuestro país. A los líderes de la oposición e incluso al conglomerado de la sociedad venezolana, tanto chavistas como escualidos, no han pensado que hacer después de Chávez; a unos no se les ha ocurrido que su líder no es eterno y que al parecer en su circulo cercano no se encuentra ninguna figura que lo pueda sustituir, que por demás no aparecerá pues a los líderes de este tipo de sistemas no les convienen los competidores que los puedan dejar en evidencia, y mucho menos dentro de su séquito; y a los otros al parecer lo único que les importa es sacar al actual usuario de la silla presidencial de su puesto, sin tener a mano una propuesta de cambio y ni siquiera un plan de acciones para afrontar la situación de vacío de poder que se plantean generar.

Desde mi punto de vista deberíamos olvidarnos de los caudillos (que finalmente son mortales) y empezar a trabajar en un proyecto de país donde el principal interés sea la protección de las libertades del individuo, antes que la investidura de poderes del estado; un país donde la propiedad y el trabajo sean respetados antes que el cabildeo y el amiguismo; un país donde los individuos sean considerados por sus acciones personales y no como parte de un colectivo. Solo planteando nuevos argumentos y nuevas metodologías lograremos ganar la batalla al socialismo reinante. No podemos seguir creyendo que venceremos esta situación planteando ideas de izquierda si nuestro objetivo a derrotar es el propio líder de la izquierda latinoamericana.

Debemos despertar y empezar a buscar nuevas alternativas, lo planteado hasta el momento es propio de anarquistas y no de una sociedad que debería estar en búsqueda de su libertad y orden, sacar a Chávez no es un objetivo en si, es solo una etapa para el objetivo mayor que seria construir un país libre.

jueves, julio 28, 2005

Cristianismo y Política


En esta oportunidad daremos espacio para que la iglesia católica romana, de la mano del Papa Benedicto XVI, nos explique su posición con respecto al individuo y al estado. El articulo que se presenta a continuación fué escrito por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger antes del inicio de su prelado.
Joseph Ratzinger
"El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso "cristiano"]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política."
Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.


El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la
actividad política.


A pesar de que los cristianos era perseguidos por el Estado romano, su posición ante el Estado no era radicalmente negativa. Reconocieron al Estado en cuanto Estado, tratando de construirlo como Estado según sus posibilidades, sin intentar destruirlo. Precisamente porque sabían que estaban en "Babilonia", les servían las orientaciones que el profeta Jeremías había dado a los judíos deportados a Babilonia. La carta del profeta transcrita en el cap. 29 del libro de Jeremías no es ciertamente una instrucción para la resistencia política, para la destrucción del Estado esclavista, ni se presta a tal interpretación. Por el contrario, es una exhortación a conservar y a reforzar lo bueno. Se trata, pues, de una instrucción para la supervivencia y, al mismo tiempo, para la preparación de un porvenir nuevo y mejor. En este sentido, esta moral del exilio contiene también elementos de un ethos político positivo. Jeremías no incita a los judíos a la resistencia ni a la insurrección, sino que les dice: "Edificad casas y habitadlas. Plantad huertos y comed de sus frutos... Procurar la paz de la ciudad adonde os trasladé; y rogad por ella al Señor, porque en la paz de ella tendréis vosotros paz" (Jr. 29, 5-7).


Muy semejante es la exhortación que se lee en la carta de Pablo a Timoteo, fechada tradicionalmente en tiempos de Nerón: "(Rogad) por todos los hombres, por los emperadores y por todos los que están en el poder, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad". (1 Tm 2,2). En la misma línea se desarrolla la carta de Pedro con la siguiente exhortación: "Vuestro comportamiento entre los paganos sea irreprensible, a fin de que, por lo mismo que os censuran como malhechores, reflexionando sobre las obras buenas que observan en vosotros, glorifiquen a Dios en el día del juicio". (1 P 2,12). "Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey" (1 P 2,17). "Ninguno de vosotros tenga que sufrir como homicida, o ladrón, o malhechor, o delator. Pero si uno sufre como cristiano, que no se avergüence; que glorifique más bien a Dios por este nombre". (1 P 4,15 a)


¿Qué quiere decir todo esto? Los cristianos no eran ciertamente gente sometida angustiosamente a la autoridad, gente que no supiese de la existencia del derecho a resistir y del deber de hacerlo en conciencia. Precisamente esta última verdad indica que reconocieron los límites del Estado y que no se doblegaron en lo que no les era lícito doblegarse, porque iba contra la voluntad de Dios. Por eso precisamente resulta tanto más importante el que no intentaran destruir, sino que contribuyeran a regir este Estado. La antimoral era combatida con la moral, y el mal con la decidida adhesión al bien, y no de otra manera. La moral, el cumplimiento del bien, es verdadera oposición, y sólo el bien puede preparar el impulso hacia lo mejor. No existen dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Sólo existe una moral: la moral como tal, la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente, a fin de acelerar un cambio de situación. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo.


El cristianismo es siempre un sustentador del Estado en el sentido de que él realiza lo positivo, el bien, que sostiene en comunión los Estados. No teme que de este modo vaya a contribuir al poder de los malvados, sino que está convencido de que siempre y únicamente el reforzamiento del bien puede abatir al mal y reducir el poder del mal y de los malvados. Quien incluya en sus programas la muerte de inocentes o la destrucción de la propiedad ajena no podrá nunca justificarse con la fe. Explícitamente es lo contrario a la sentencia de Pedro: "Pero jamás alguno de vosotros padezca por homicida o ladrón" (1 P 4,15); son palabras que valen también ahora contra este tipo de resistencia. La verdadera resistencia cristiana que pide Pedro sólo tiene lugar cuando el Estado exige la negación de Dios y de sus mandamientos, cuando exige el mal, en cuyo caso el bien es siempre un mandamiento. De todo esto se sigue una última consecuencia. La fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. Ello no significa, sin embargo, que la fe haya traído un realismo carente de valores: el de la estadística y la pura física social. El verdadero realismo del hombre se encuentra el humanismo, y en el humanismo se encuentra Dios.


En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. Esta moral no es un asunto privado; tiene valor y resonancia pública. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar. Lo que la Iglesia perseguida prescribió a los cristianos como núcleo central de su ethos político debe constituir también la esencia de una actividad política cristiana: sólo donde el bien se realiza y se reconoce como bien puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. El gozne sobre el que gira una acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los mandamientos de Dios.


Si hacemos así, entonces también podremos, tras el paso de los tiempos de angustia, comprender, como dirigidas a nosotros personalmente, estas palabras del Evangelio: "No se turbe vuestro corazón" (Jn. 14,1). "Porque por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe para vuestra salvación...".

Fuente: Revista Católica Internacional Communio, 2ª. Época, Año 17, julio-agosto de 1995

martes, julio 26, 2005

VIVIR SIN ROBAR

(o por qué no soy demócrata)




Alberto Mansueti


La gente se horroriza cuando se entera de altos funcionarios que le roban al Estado -generalmente en combinación con particulares- por cifras enormes, a veces astronómicas. Pero nadie se escandaliza cuando el Estado nos roba a millones de particulares -y funcionarios menores- por sumas considerables. Ni siquiera alguien lo advierte. Y eso es todos los días. ¿Por qué ...? Porque el saqueo es legal. Pero también porque todos participamos en el botín.

Pero no obstante, hay salida. Podemos vivir sin robar ni ser robados.



El tema merece mayor detenimiento. ¿Quiere ver cómo nos roban a todos y todos robamos a diario? Lea la primera parte de este ensayo: “Estatismo”. ¿Quiere ver cómo Ud. y todos podríamos vivir muchísimo mejor sin esa desagradable costumbre de robar? Lea la segunda: “Capitalismo liberal”.


PARTE I: ESTATISMO

La democracia termina en delincuencia. El llamado Estado de Bienestar (“Welfare State”) es la enorme maquinaria burocrática encaminada a “redistribuir” la riqueza por medios políticos, es decir, coactivos. Es el Estado Criminal: roba, y para disfrazar el robo, miente. Y todo encubierto de un manto de legalidad y decencia por virtud de la mayoría, que consiente el pillaje mediante el ejercicio democrático, y así se transforma en cómplice, esperando un reparto del botín. Pero lo robado nunca llega a las masas, salvo despojos y migajas distribuidos entre quienes tienen buen acceso a los “mercados políticos” y destinados a lograr su apoyo. De todos modos hay saqueo y mentira generalizada.

Y así es en todo el mundo. Ya lo había anticipado Frederic Bastiat en 1848. En ese mismo año Marx y Engels publicaron su “Manifiesto Comunista”, y el mundo cogió el rumbo equivocado. Bastiat publicó “El Estado”, en pro del rumbo opuesto, y el mundo lo ignoró, pese a ser un verdadero “Manifiesto Liberal” de extraordinaria lucidez, y -hoy lo constatamos- de tremendo valor profético.

Mentira. El Estado nos promete servicios educativos, médicos, previsionales y otros igualmente impropios de su naturaleza, como viviendas y créditos. Para empezar, digamos que esto es una vulgar estafa, una mentira, por el simple hecho de ser una promesa falsa, de cumplimiento imposible. Un pez no puede volar; tampoco un automóvil. Si alguien le jura a Ud. construirle un edificio no siendo compañía constructora, o le promete fabricarle un carro no siendo industria automotriz, allí hay engaño. Y el Estado no es Superman o Batman, no es nada más que el monopolio legal de la fuerza para los servicios públicos propios: defensa nacional, justicia pública, y contratación de obras de interés general como caminos y puentes. ¿Cómo va a cumplir funciones de maestro, médico, tutor y compañía de seguros, siendo por naturaleza militar, juez, policía y contratista de obras? Por eso es que los servicios públicos impropios no llegan nunca, o llegan tarde y con muchos defectos. O llegan -lo que es más importante- con costos elevadísimos, muchos de ellos ocultos; y así “lo barato sale caro”, porque quien puede ha de pagar dos veces -los impuestos y los precios- como ocurre con la “educación y la salud”.

¿Por qué las escuelas privadas funcionan mejor que las estatales, e igual en los servicios médicos, previsionales, etc.? Por la simple razón de que enseñanza, medicina y previsión no son negocios públicos. No son por naturaleza asunto del Estado y los Gobiernos, sino de instituciones privadas, funcionando con arreglo al principio de ganancias y pérdidas en régimen de competencia abierta; es decir: bajo el control del cliente, que puede cambiar de empresa si no le gusta el servicio. Esto no es así con el Estado. Y atosigado con los servicios públicos impropios, el Estado olvida los propios, y por eso descuida la frontera, la seguridad personal, la justicia y las obras públicas.

Mentiras para encubrir mentiras. Una vez que se nos ha mentido acerca de las funciones del Estado, se nos dice que no puede cumplirlas porque gobierna este partido y no el otro. Y que debemos hacer campaña electoral por el otro y “participar”. O pedir reformas electorales y “participar” de todos modos. Mentiras. Como si los del otro partido no hubieran estado antes en el Gobierno, o sus padres, y antes de ellos, sus abuelos; ¡y ellos sin aprender nada! Para que un partido sirva en el Gobierno, antes debe demostrar que sirve en la oposición. ¿Cómo? Señalando apropiadamente cuál es el rumbo político acertado y la senda para rectificar. Pero si así no lo hace, ¿cómo va a ser en el Gobierno?

Robo. Supuestamente los Gobiernos van a financiar los servicios públicos impropios con impuestos. Pero, ¿de dónde salen los impuestos? De nuestro bolsillo mismo, sólo que por la fuerza, que es la vía propia del Estado. Ahí ya hay robo. Y en países como Venezuela, se supone que los Gobiernos deben echar mano de las utilidades de compañías petroleras confiscadas a sus legítimos dueños hace unos 30 años, y que ahora son propiedad estatal. Eso fue una exacción -venta con apremio a precio forzoso-, otra vez robo legalizado, y al igual que hoy con los impuestos, se espera del Estado que comparta un botín robado. Eso nos pone a todos a participar en una empresa criminal: “Roba, pero dame una parte a mí”, les dice a los Gobiernos la descarada mayoría democrática.

Nada bueno puede salir de un crimen. ¿Por qué nos extrañamos, sorprendemos y rasgamos vestiduras cuando los Gobiernos se tragan todo el botín y reparten muy poquito, salvo a sus íntimos amigos y familiares? Me parece que los demócratas son un tanto hipócritas.

Estupidez. Pero es que además los demócratas se creen demasiadas mentiras, parecen algo estúpidos. ¿O no se dan cuenta que el Estado saquea todos los bolsillos -no solamente los ricos- incluyendo a las coaliciones mayoritarias de pobres y clase media que apoyan y alientan a los Gobiernos ladrones? Vea Ud.:

a) La inflación es un impuesto disfrazado, que a todos nos afecta. Sus beneficiarios son los titulares del monopolio de emitir dinero y sus asociados más cercanos; a ellos el “dinero fresco” (recién impreso) les llega antes que al resto, cuando los precios aún no han subido. Pero suben enseguida, impelidos con ese tremendo empujón del billete nuevo; y todos somos víctimas, indiscriminadamente, cuando vamos al mercado -la subasta diaria- y los encontramos más altos.

b) El IVA es otro impuesto indiscriminado, que va junto con los precios, como todos los indirectos. Y así, entre impuestos disfrazados e indirectos, es como nos empobrecen a todos. O a casi todos.

Nadie pide nuestro consentimiento para establecer estos impuestos que todos pagamos obligadamente. La estupidez no es un crimen, pero puede ayudar a consentirlo, cuando el deterioro intelectual ya es tan grave como el moral. ¿No es tonto permitir que alguien me robe, creyendo en su promesa de brindarme “educación y salud”? Y si lo que yo quiero es que ese ladrón no me robe a mí sino a “los ricos” y luego me de mi parte del botín, ¿no me hace eso un canalla? ¿No tengo acaso merecido quedarme sin nada? Esa estupidez tiene mucho de inmoral.

Autoperjuicio. En el “Estado de Bienestar” la forma de tener bienestar -y riqueza- es con el Estado, y por eso quedan pocos ricos que sean honestos hacendados, fabricantes, comerciantes al mayor o al detal.

Pero de cualquier modo que haga su riqueza -decente o no-, al rico le acosan los colectores de impuestos, con alícuotas más elevadas e impuestos especiales. ¿Qué hacen entonces los ricos? Simple: no invierten. La inversión puede ser más conspicua (ostentosa) que el consumo. ¿Qué hacen con sus ganancias? Las consumen, las disfrutan, pero no tienen incentivos para invertir y hacer reproducir la riqueza.

Porque grande o pequeño, un capitalista invierte sólo cuando tiene expectativa de ganar; y un empresario invierte únicamente cuando puede cargar el monto de sus impuestos al precio de venta como un costo adicional, y aún así ganar dinero. Si no es así nadie invierte, lo cual es natural y lógico. Pero si alguien invierte, todos nosotros pagamos sus impuestos; lo cual es soportable cuando la carga tributaria es moderada. Pero cuando es exagerada, entonces no hay inversiones, o las hay menos. Entonces el poder adquisitivo de los mercados se deprime y no pueden absorber la producción. Y hay carestía, pues los precios se inflan con impuestos ya en las haciendas, fábricas y centros de producción, y en las cadenas de distribución y comercio.

Los pobres y la clase media. ¿Quiénes pierden en este mal negocio que es la democracia “redistributiva”? Los pobres, que pasan a miserables. Y la clase media, que desaparece. Y si el Gobierno de turno pretende controlar los precios fracasa, como demuestra palmariamente la historia universal. Si con reglamentos meticulosos intenta controlar las condiciones de los productos (“pro consumidor”) o de la producción (laborales), también fracasa, a menos que su propósito real sea limitar la actividad económica a sus validos y “protegidos”. Por eso es estúpido que llevados por innobles pasiones democráticas como el igualitarismo, la envidia y la codicia, alentemos al Estado a cobrar elevados impuestos a los ricos, o a reglamentarles la vida, en la vana esperanza de recoger alguna parte del botín, o hacerles infelices. Nos inflingimos grave daño a nosotros mismos. Todos deberíamos arrepentirnos de culpa tan infame.

Capitalismo. Es el proceso por el cual el capital se reproduce. Y “capitalista” no es el señor gordo del puro y la cadena de oro que aparece en las caricaturas socialistas de todas las épocas. Capitalista es toda persona que vive de un capital. Por ej. la viuda que vive de los intereses de sus cédulas hipotecarias (o vivía, cuando aún era posible). O que alquila un cuarto al estudiante o a la secretaria, o el garaje al vecino. Esa señora es una capitalista.

El capitalismo es inherente a cualquier tipo de sociedad; sólo que si el capitalismo es liberal y no mercantilista, se vive sin robar. No hay programas “redistributivos” con sus excesivos y desalentadores impuestos; no hay inflación; no hay reglamentos estatales para las actividades, oficios y empresas. Así la reproducción del capital se hace con más justicia, eficiencia y bienestar. Se produce más riqueza, y las gentes participan de ella a través de su distribución masiva. ¿Cómo? Mediante los sueldos y salarios que ganan como trabajadores y empleados, los intereses y rentas que perciben como capitalistas, y las utilidades y beneficios que ganan como empresarios. Nadie roba a nadie, pero nadie se deja robar, bajo pretexto alguno. Lo verá Ud. en la Parte II.

“Neo” liberalismo. El mal llamado Neoliberalismo no tiene nada de liberal; es la reedición del viejo mercantilismo, incluso con matices socialistas. Tómese en cuenta que bajo el mercantilismo y el socialismo el capital no deja de reproducirse, sólo que con acusados deficits en justicia, eficiencia y bienestar.

El mercantilismo privó desde el siglo XV hasta el XIX. En en el XIX el capitalismo liberal fue ensayado de modo parcial y durante un lapso breve, que sin embargo sirvió para demostrar su superioridad. Y enseguida, con la democracia ilimitada, las mayorías impusieron la ley del más numeroso, y nos trajeron el socialismo, ya en el XX. El mercantilismo es un sistema muy malo; sólo el socialismo es peor.

Mercantilismo. En este sistema la mayoría le dice al Gobierno lo siguiente: “Basta de libre competencia. Decreta reglamentos que cierren los mercados, y no permitas que nuevos competidores ingresen. De esta suerte proteges a los empresarios ya establecidos en cada ramo, y les permites robar a sus clientes y proveedores -entre ellos, sus trabajadores-, imponiendo precios y condiciones, sin que éstos puedan optar por otras alternativas. Después, decretas elevados impuestos y así les quitas buena parte de sus ganancias mal habidas; y enseguida compartes el botín con nosotros.” Una canallada por donde se mire, dado que un crimen no justifica otro crimen, ni siquiera contra el autor del primero: el robo perpetrado por los “protegidos” empresarios mercantilistas no justifica el cometido por los Gobiernos. Como tampoco justifica la violencia que emplean los sindicalistas -para imponer sus monopolios laborales-, equivalentes obreros de los empresarios mercantilistas.

Monopolios. Como siempre, en las consecuencias del pecado está el castigo. ¿Cuáles son las consecuencias de este pecado, que los viejos canonistas llamaban por su nombre: MONOPOLIO? Las consecuencias directas son: bienes y servicios económicos insuficientes para la mayoría; muy caros; y de baja calidad. Y desempleo para muchas personas, paralizadas por la inactividad económica, resultado también de las extorsiones de los sindicalistas cuando la inflación corre a un paso más lento que las presiones gremiales. En otras palabras: pobreza y miseria para la inmensa mayoría; y riqueza para unos pocos, con acceso privilegiado a oportunidades controladas por el Estado. Y sobreempleo para quienes pueden hallar un quehacer, obligados a trabajar largas jornadas extraordinarias para subsistir. La sociedad se divide así en tres estratos o capas:
-- los ricos arriba, zánganos muchos de ellos;
-- los pobres abajo -desempleados el grueso de ellos-;
-- y los sobreempleados más o menos en el medio, trabajando como esclavos para mantenerse a sí mismos y a todos.

Por eso no es raro que la sociedad tome la forma de una pirámide; pero cada vez más estrangulada en su parte media.

Otras consecuencias, a la par del empobrecimiento galopante e involuntario:
a) continua inestabilidad política: crisis, revoluciones, elecciones traumáticas, etc.;
b) progresiva destrucción del matrimonio y la familia;
c) erosión de los valores y normas morales en medio de un desesperado “sálvese quien pueda”;
d) embrutecimiento generalizado, al degradarse la racionalidad promedio;
e) alza de la criminalidad, como resultado del deterioro familiar, moral e intelectual.

Socialismo. En el siglo XIX, los socialistas culparon al capitalismo y a los empresarios de esta situación, y propusieron el socialismo. Los cristianos de todas las denominaciones, desconocedores de la verdadera doctrina bíblica antiestatista, les acompañaron en masa. En el siglo XX el socialismo se impuso, pero pese a sus propósitos declarados, no acabó con el capital ni con las empresas. Sometió a los empresarios privados y les confiscó crecientes porciones de sus ganancias, y a veces les reemplazó -a medida que cerraban sus negocios- con empresarios estatales, empleando capital del Estado. Esa fue una “tercera vía”. Pero el socialismo no acabó con el bandidismo estatal. No mejoró la situación. ¿Cómo es el socialismo? Un sistema más simple, en el papel al menos; la mayoría democrática le dice a su Gobierno: “Roba tú directamente, o como sea, pero dame una parte.”

Las leyes malas. Los socialistas se hicieron bandidos, y cada categoría, empresa o sector busca su acomodo. ¿Cómo? Mediante las leyes malas o estatistas, gran plaga heredada del anterior y desorientado siglo XX. Las leyes malas decretan impuestos excesivos e injustos, que no son uniformes e iguales para todos. Implícito va el que se se roba sólo a quien tiene, por ende, a “los ricos”. Y en lugar de sancionar unas pocas reglas generales, iguales y válidas para todos, las leyes malas también proclaman infinidad de estatutos y reglamentos pormenorizados, para cada condición humana o social. Y cada quien busca obtener un reglamento parcializado en su favor, que le sea ventajoso para él y desventajoso para sus competidores. Para lo cual todo lo que debe hacer es “organizarse y participar”, vale decir cabildear; o sea: conspirar. Entre las pésimas consecuencias de esta insana práctica, tenemos que los contratos privados entre las partes ya no valen nada, y lo que vale es la legislación, el decreto y la ordenanza política. Cabildear se convierte en necesidad perentoria si uno quiere tratar de evitar daños y perjuicios mayores; y encima de eso, quien no “participa” es descalificado, denigrado y sometido a intensa presión sicológica a “participar” por la propaganda estatista.

Pero el socialismo es una gran estafa masiva. Toda estafa se basa en una ilusión, una quimera, la promesa hueca de recibir algo por nada o casi nada; por eso dice en un antiguo refrán anglosajón: “es imposible timar a una persona decente”. Porque alguien decente sabe que recibir algo por nada no es justo (las donaciones voluntarias son relaciones de caridad, no de justicia) y no acepta el trato. Así no hay estafa.

“Se atiende gratis”. La quimera en este caso es la promesa de recibir lecciones, cuidados médicos, atención previsional, etc., "de gratis”, o a bajo precio, subsidiado, por debajo del costo. Como siempre, en las consecuencias del pecado está el castigo. Un ejemplo: la “gratuidad” de la enseñanza superior financiada con impuestos significa que mediante nuestros aportes forzados al Tesoro Fiscal, todos les costeamos sus estudios universitarios a los hijos de los ricos. Otro ejemplo: el lote de beneficios que los Gobiernos distribuyen entre sus partidarios y amigos -p. ej. empleos y colocaciones en la maquinaria estatal, contratos de favor, créditos “baratos”- significa que con nuestros impuestos todos financiamos a los partidos de turno en el Gobierno.

Fraudes y “denuncias”. Y en vista de ello, ¿cómo extrañarse de los fraudes electorales en esa lotería democrática, siendo los premios tan jugosos, y el sistema entero uno de pillería, truhanismo y hamponato? Sin duda los más pillos y menos escrupulosos serán siempre vencedores. ¿Y cómo asombrarse de que la corrupción prolifere y la inmoralidad reine en un sistema con esos fundamentos? Otro ejemplo: las “denuncias” se convierten en el único medio de escalar posiciones en la jerarquía política. El juego político entre hampones es de predador y presa, y éstas son sus reglas:
-- si no dejas huellas, rastros o marcas, puedes seguir adelante y adelantar otra casilla;
-- pero en caso contrario otro jugador puede hacer de ti una presa, quitarte de en medio, y tu predador adelantará otra casilla a costa tuyo.

El socialismo no resolvió ni ayudó a resolver o aliviar uno sólo de los males del mercantilismo; muy por el contrario los agravó, multiplicó y les añadió otros nuevos, como p. ej. el adoctrinamiento o “lavado de cerebro” masivo en el engaño y la falacia. Aunque en la práctica, las naciones han vivido el siglo XX en una mezcla de socialismo y mercantilismo, robando y siendo robadas. Y con mucha mentira.

“Educación y salud”. Estos dos conceptos constituyen ejemplo típico de la clase de fraude semántico estatista:

-- No es “educación” sino enseñanza como debe decirse, pues la segunda no siempre lleva a la primera. Para que la enseñanza resulte en educación, han de mediar dos condiciones: 1) ser la docencia de buena calidad -la cual el Estado no puede brindar-; y 2) poner el educando la parte suya, que es el aprendizaje, complemento necesario de la enseñanza si se desea lograr la educación, que es el resultado. Ahora, si lo que se desea es inculcar la doctrina estatista a todos los ciudadanos desde pequeños, entonces en lugar de “educación” debe decirse “adoctrinamiento” de la población.

-- Análogamente, no es “salud” sino medicina como debe decirse, por la misma razón: la segunda no siempre lleva a la primera. La medicina no siempre puede curar o restablecer la salud; en muchos casos apenas alcanza para aliviar el sufrimiento (cuidados paliativos), o poner un freno al progreso de la enfermedad, o instalar una prótesis, etc. En todo caso, para que la medicina cumpla su objetivo o resultado previsto, han de mediar dos condiciones: 1) ser de ser buena calidad -eficaz el tratamiento recomendado-, la cual el Estado no puede brindar, y por eso los Gobiernos insisten obsesiva y maniáticamente en la “prevención”; y 2) poner el enfermo la parte suya, que para eso es “paciente”: seguir fiel y cumplidamente lo indicado. Ahora, si lo que se desea es una regimentación de todos los ciudadanos desde pequeños, como parte del proceso de adoctrinamiento -con sus vacunas y sus “campañas educativo-preventivas”-, entonces en lugar de “salud” debe decirse “control” de la población.

La pésima educación estatal es el factor más responsable en la degradación en la racionalidad promedio; y en que hayan sido borradas del mapa las soluciones alternativas y no convencionales a todas las crisis, desde el crimen hasta la basura, pasando por el desempleo y la pobreza. Y el de la medicina es un caso particular de la obsesión maniática del Estado por la “prevención” en todo, y la consabida “educación como prevención”. Esto es un disparate, ¿cómo “prevenir” el crimen? ¿Nos van a poner un policía al lado a cada quien? De hecho parece ser esa la “solución” a la incapacidad del Estado municipal para recoger la basura, pese a ser una de sus funciones propias, aunque se niega a admitirlo por considerar que tiene otros más elevados asuntos que atender. Por eso constantemente nos “concientiza” ( = culpa) a nosotros de arrojar basura en la calle. De hecho todo disparate envuelve una implícita confesión de impotencia por parte del Estado. Y en el problema del crimen, el Estado se niega a admitir que su naturaleza es esencialmente represiva, y que la única prevención es la represión y la disuasión; y además ignora los conceptos de justicia restitutiva y compensatoria -centrada en la víctima-, o se resiste obstinadamente a considerarlos.

Opciones. Ahora el socialismo ha avanzado mucho, y tenemos tres opciones:
a) seguir en lo mismo;
b) salir del socialismo para volver al pasado mercantilista puro;
c) vivir sin robar.

Pero deberíamos discutir esas opciones, cosa que imposible hoy en día porque los medios de comunicación han secuestrado el debate, y sólo permiten discutir “¿quién manda?”, y “¿cómo elegimos a los mandamases?” que es lo mismo que preguntar “¿quién puede robar?”, y “¿cómo elegimos a los supremos ladrones?” En eso ha terminado la cacareada democracia: en elegir si esta o la otra banda de delincuentes se hace cargo, en medio de la alucinante guerra de pandillas en que terminamos. Por eso yo no soy demócrata. Porque me da igual que me robe este o aquel. Tampoco me interesa robar, o participar en robos tomando cosas robadas. Lo que yo quisiera es que no me roben. Y que no me mientan, añadiendo el insulto al perjuicio.


PARTE II: CAPITALISMO LIBERAL

En el capitalismo liberal, el ciudadano individual -no la mayoría- le dice al Estado lo siguiente: “No quiero que me robes, pero tampoco que robes a nadie, puesto que no quiero parte en pillaje o botín alguno. Y no quiero injustas ventajas especiales para mí, pero tampoco que me pongas en injusta desventaja otorgandolas a otros: quiero trato igual para todo el mundo. A cambio de mis impuestos, quiero de ti solamente aquello que requiere el uso de la fuerza: defensa contra agresiones externas si las hay, justicia si te la pido, y algunas obras públicas. Pero no quiero participar en programa redistributivo alguno, ni como cotizante, ni como beneficiario. Y si tampoco quiero involucramiento alguno contigo, y deseo mantenerme apartado de los negocios públicos y ocupado exclusivamente en los privados -familia, empresa, aprendizaje, iglesia o lo que yo elija-, no me obligues ni me apremies o me presiones porque es mi inalienable derecho el no participar si así lo decido. Y por favor, no me mientas.”

Eso se traduciría a lenguaje jurídico y se escribiría clarito en una Constitución liberal, especificando que legislación alguna puede contravenir este principio inmutable: No robar ni dejarse robar. Ni manipular. De nadie. Ni siquiera de los electos democráticamente.

Democracia y delito. Por eso habría que escribir una segunda cláusula: ninguna mayoría puede conculcar el principio de vivir sin robar o ser robado. Por lo tanto, contra él no hay democracia que valga. Por cuantiosas o numerosas que sean, las facciones no podrán agavillarse para delinquir legalmente -ni sus representantes-, ni participar como cómplices o encubridores, ni hacer propaganda o apología al delito.

Un programa redistributivo -p. ej. el impuesto progresivo para financiar servicios públicos impropios- es una conspiración para cometer delitos. Al igual que un programa restrictivo de la libre competencia, por ejemplos: los aranceles y derechos antidumping para las importaciones; la permisería de las leyes para comercios minoristas; el “1 x 1” para la música criolla o el cine nacional; las habilitaciones estatales exigidas para los bancos e instituciones financieras. Y si hay partidos políticos, o asociaciones gremiales, empresariales o de otro tipo que auspicien o apoyen programas redistributivos o anticompetitivos -acompañados siempre de todo género de calumnias y falsedades contra el capitalismo- han de considerarse como lo que son: organizaciones criminales. Sus promotores, directivos, cómplices y encubridores deberían al menos compensar los daños a sus víctimas, e ir a la cárcel si hay sospechas fundadas de probable reincidencia.

En otras palabras: el capitalismo liberal sólo es compatible con una democracia limitada. Elecciones indirectas, y calificaciones muy estrictas tanto para elegir como para ser elegido posibilitan su preservación.

Trabajo honesto, capital para todos y libre competencia. Esas son las tres claves del capitalismo liberal. Sus ideales, éticos a la vez que económicos. Y sus axiomas o premisas indiscutibles son dos: no robar ni ser robado. Algo lo más parecido a este sistema se puso en práctica en Europa occidental entre 1815 -el fin de las guerras napoleónicas- y 1914 aproximadamente; y en EEUU por la misma época, aunque con más vigor desde 1865, al final de la Guerra Civil. Por eso son naciones ricas, pese a haberse desviado de la ruta posteriormente, impulsadas por el calor de la democracia.

Justicia, eficiencia y bienestar. Y estos tres son los resultados del capitalismo liberal. La sociedad se enriquece, y toma la forma no ya de pirámide sino de rombo:
-- Como siempre, arriba los ricos, que siempre son minoría; y sí, pueden ser más ricos. Sólo que hay más cantidad de ricos, y el acceso a la cima es abierto: se llega por medios honestos y productivos.
-- La amplia mayoría no es el pobrerío sino la clase media. Infinidad de profesionales y técnicos -no necesariamente todos universitarios-, obreros y personal especializado milita en las filas de una gran cantidad de empresas, muchas pequeñas, pero otras medianas y grandes también, que eso no es delito. Otros encabezan sus propios negocios. Y la riqueza “chorrea” para abajo a través de los ingresos factoriales: sueldos y salarios, y comisiones, intereses pasivos, ganancias y dividendos.
-- Y los pobres son minoría, viviendo mucho mejor: puede ser de trabajos ocasionales como limpiar o cuidar carros; o puede ser de una caridad que es más generosa y abundante en tanto haya más abundancia. O puede ser también de los cupones estatales para enseñanza, cuidados médicos y previsión, tal como propone el Premio Nobel 1974 Milton Friedman -¿por qué no?- pero en escuelas, clínicas y aseguradoras privadas, como verá Ud. enseguida. Es diez veces preferible ser pobre en el capitalismo liberal que en el mercantilismo, y cien veces que en el socialismo.

“Tercera vía”. La gente busca la “tercera vía” porque le han dicho que el capitalismo liberal será bueno para producir pero no para distribuir, y que para eso es bueno el socialismo o el Estado. Son falsas las dos afirmaciones. En Venezuela tuvimos esta “economía mixta” desde 1958 al menos. Y fracasó. Ni produjo ni distribuyó. El capitalismo liberal es el único sistema que produce con eficiencia y reparte con justicia a los factores productivos (trabajo, capital y empresa) sin desincentivarles. Sueldos y salarios para los trabajadores y empleados; intereses y rentas para los capitalistas; utilidades y beneficios para los empresarios. A cada quien según su contribución o aporte a la producción, valorizado a precios de mercado.

Tu cheque por adelantado. Y para esa distribución no hay que esperar a que “la riqueza se filtre” -como dicen los socialdemócratas y neo liberales- porque el reparto es por adelantado: cada quien que monta un negocio y toma capital o trabajo prestado, debe pagarlo casi de inmediato. El empresario es quien cobra de último, si cobra; nunca sabe cuánto va a cobrar ni cuándo, ni siquiera si va a cobrar o no. Por eso, de las tres clases de ingresos factoriales, la tercera de ellas -la del empresario- es demorada, y es eventual y aleatoria. Por eso puede ser mayor. Eso se llama riesgo empresarial.

“¿Y cómo quedo yo ahí ...?” Tú puede en este instante preguntarte: “¿Y cómo quedo yo en el capitalismo liberal?” La respuesta es: ¡MUY BIEN! ¿Y cómo así? Tus cheques dependerán de tu forma de vivir que tengas o escojas. Hay tres -todas decentes y productivas-, y puedes combinarlas: ser trabajador o empleado, capitalista, o empresario. Para terminar este ensayo, veamos cada una de ellas, y cómo quedarías tú allí. Pero recuerda que en este sistema en principio no hay ventajas especiales o privilegios para ninguna categoría, la tuya o la de nadie.

1) Trabajadores y empleados en general. En todas partes viven de sus sueldos y salarios. Pero en un capitalismo liberal no habría despojos ni violencias. Nada de impuestos inicuos -entre ellos la inflación-, ni de “proteccionismo” matón al abrigo del Estado, sea mercantilista o sindicalista. De este modo, nuevas empresas florecerían por doquier, y las actualmente existentes podrían expandirse y/o diversificarse, incrementandose las ofertas de puestos laborales. Crecerían de inmediato las contrataciones -en condiciones voluntarias-; y con ellas el empleo. Liberar el capital de sus ataduras es que los empresarios aumenten en número, y compitan por contratar trabajadores, mejorando en la puja las condiciones ofrecidas.

Disminuido y contenido el gasto público, sin inflación y con impuestos moderados, los sueldos y salarios reales se elevarían continuamente, al incrementarse la productividad del trabajo, al compás de la acumulación de capital. Empleados y trabajadores veríamos como la competencia libre en todos los mercados conduce a una situación de baja progresiva de los precios llamada “deflación”: ingresos sólidos, y cada vez más poder adquisitivo. Podríamos ahorrar, y así convertirnos en capitalistas o poseedores de capital. Un ingreso bastaría para mantener holgadamente a una familia, y la jornada laboral sería menos extensa y agotadora. Adiós al “stress”.

Preguntas específicas ...

# ¿Qué pasaría con los educadores, médicos y profesionales de la salud, empleados del Seguro Social y otros entes similares? Hoy son encargados de servicios públicos impropios. En un sistema capitalista liberal todos ellos mejorarían, pues los centros educativos, médicos, previsionales, culturales y recreativos, etc. ahora del Estado, podrían dejar de serlo, y pasar a ser de propiedad de sus profesionales, técnicos, administrativos y obreros. En buenas condiciones económicas, sus consumidores y usuarios pagarían sus matrículas, precios, pólizas, etc. Así de este modo, maestros y profesores, médicos y enfermeras -odontólogos, bioanalistas, etc.- ganarían sueldos dignos -y primas y bonos significativos- por primera vez en su vida, y sin depender de afiliaciones políticas. Nadie les exigiría pura “mística y sacrificio” como ahora. Madres y padres de familia verían a sus hijas e hijos bien educados y atendidos.

# ¿Y los pobres que transitoriamente no puedan pagar por enseñanza, medicina y previsión? Como vimos el Estado podría transitoriamente hacerse cargo de los costos de su atención, pero con cupones reembolsables, y sólo para esos tres rubros: enseñanza, atención médica y previsión. Esta sería la única ventaja especial, a conceder por un Ministerio de Bienestar Social “liberal” -en lugar de los actuales de Educación, Salud, Seguridad Social, Cultura y otros cuantos-; y encargado de sólo dos funciones: distribuir las tres series de cupones a los pobres elegibles para los tres servicios, y reembolsarles el dinero a las tres clases de empresas prestatarias. De ese modo, los pobres y sus hijos serían mucho mejor tratados, en instituciones privadas que podrían escoger con toda libertad, de entre todas las existentes en el mercado. Y compitiendo los institutos docentes la enseñanza mejoraría en calidad, para todos nosotros. Todos, y no solamente los pobres, recibiríamos atención médica, y muy buena. Y todos podríamos contratar pólizas de contingencias y retiros con firmas aseguradoras privadas. Y todo ello, sea que paguemos las matrículas, las cuentas médicas y las pólizas con cupones, o con nuestro dinero. ¿No sería eso mucho más digno, y hasta más igualitario ...?

# ¿Y qué pasaría con los policías, jueces, militares y otros funcionarios y empleados estatales ...? Es decir, quienes hoy son encargados de servicios públicos propios. Por supuesto todos mejorarían notablemente de inmediato, pues el Presupuesto estatal sería todo para ellos. Y una economía productiva genera más impuestos. ¡Por fin ganarían sueldos cónsonos con sus funciones, que cobrarían realce y majestad, no como ahora! La corrupción se reduciría a niveles tratables por sus remedios apropiados, los judiciales.

# ¿Y los otros empleados y trabajadores del Estado? Enseguida hallarían oportunidades de empleo altamente productivo y por consiguiente remunerador, en un sector privado en expansión creciente. Cesaría su actual dependencia de un sueldito miserable, y siempre condicionado a los vaivenes políticos.

# ¿Y los trabajadores urbanos o rurales de las provincias alejadas y pobres? Acabar con el estatismo es liberar empresas -actuales y potenciales- acabando con privilegios que disfrutan los capitalinos, ubicados en la vecindad del poder, y no los interioranos, situados en los más apartados rincones del país. Y acabar con el estatismo es terminar con la permisería, las reglamentaciones, inspecciones, controles interminables e impuestos abusivos -impedimentos a la formación de capital- de los cuales en el estatismo el residente de la capital puede librarse muchas veces por hallarse junto a las autoridades; no así el de provincia. Privatizar escuelas, hospitales y entes previsionales es concederles autonomía y mejorar de inmediato sus servicios. Parece un mero juego de palabras, pero sólo por virtud del capital el interior del país podría librarse de la dictadura económica y política de la capital.

# ¿Y los buhoneros? Podrían decidir. Pasarían algunos a ser empresarios formales, y otros aprovecharían algunas de las muchas nuevas oportunidades de un empleo mejor, en el sector formal en expansión. De un modo u otro desaparecerían el hacinamiento, hediondez y contaminación actuales, que acompañan a la pobreza y fragilidad que hoy les aqueja.

# ¿Y los sindicalistas y sus gremios? No podrían imponer monopolios laborales por la fuerza, ni emplear la amenaza de violencia para intimar a no trabajar a quien lo desee. Pero estas prácticas mercantilistas no son de la esencia de los sindicatos, otrora respetables y aún loables instituciones, de origen medieval. En un capitalismo liberal recuperarían sus tres antiguas tres funciones -muy importantes, y que ahora no cumplen- para desempeñarlas en régimen voluntario o de plena libertad:
-- escuela de entrenamiento y capacitación,
-- mercado o bolsa de trabajo,
-- caja de previsión social o “Montepío”.

# ¿Y los periodistas y los medios de comunicación? Acabar con el estatismo es terminar con el actual sistema oligopolista de licencia previa en los medios radioeléctricos, y rígidos controles. Y con la publicidad oficial en la prensa escrita. Los medios estatales podrían pasar a propiedad de sus periodistas, trabajadores y empleados. Pero nuevos medios surgirían de inmediato, y la competencia libre y abierta contribuiría con mucho a mejorar la hoy deleznable calidad del producto.

No se necesita hacer muy larga la lista. Porque en los medios de comunicación sería igual a como en todos los demás rubros -bancos, seguros, casas de bolsa, agencias de viajes, tiendas, almacenes o bodegas y bodeguitas-: los productores carecerían de privilegios, y el público gozaría de una amplia gama de opciones, con suficiente poder adquisitivo para sostener aquellas que prefiere mediante el uso o consumo. ¿Y sus empleados, trabajadores y asalariados? De cualquier categoría, tendrían lo que ahora no tienen: gran abundancia de fuentes de empleo para escoger alternativas con mejores condiciones de trabajo.

2) Capitalistas. En todas partes viven de sus intereses y rentas. Pero bajo un sistema capitalista liberal, todos podríamos tener ahorros de verdad, y conservarlos, y acrecerlos. Incluyendo empleados, trabajadores y asalariados. Con nuestros ahorros, en una economía no inflacionaria todos podríamos:

a) Ganar intereses de verdad, y no esas tasas miserables que pagan los bancos hoy en día, siempre por debajo de los precios y el bajísimo nivel de vida general.

b) Pero además tendríamos un Mercado de Valores de verdad, y no esa pantomima que hay ahora; así podríamos invertir en la Bolsa, adquiriendo acciones y bonos de empresas exitosas. Con nuestros cheques de dividendos y pagos podríamos complementar nuestros ingresos, y prepararnos para disfrutar de un retiro sabroso. Como accionistas en las empresas, p. ej. petroleras, del hierro o aluminio, eléctricas o telefónicas, ¡hasta podríamos votar para elegir la Directiva!

c) Asimismo podríamos participar como socios capitalistas en pequeños y medianos negocios emprendidos por familiares, amigos u otras personas de nuestra confianza.

3) Empresarios (y profesionales). En todas partes viven de sus utilidades y beneficios, así como los profesionales y técnicos por cuenta propia viven de sus ingresos proporcionados por sus clientes y usuarios de sus servicios. Pero bajo un sistema capitalista liberal, los empresarios tendrían mercados con mucho más poder adquisitivo, y suficientes libertades como para expandir su giro comercial. Podrían ser ricos, todos ellos y no solamente algunos. También los profesionales y técnicos ejerciendo por cuenta propia.

Sobre el capitalismo liberal hay mucha mitología, principalmente en contra, pero alguna también supuestamente a favor, divulgada por los “neo” liberales a veces de buena fe y por ignorancia. Así hay quien cree que liberalismo es el gobierno (estatista) de los empresarios, o que todo el mundo sea empresario. Hay que despejar los mitos, todos son malos. Excepto con los niños, no hay mentira buena; para los adultos, lo único bueno es la verdad. (Y tú eres persona adulta, ¿o si?) Por ejemplo en un capitalismo liberal podría ser empresario cualquiera que crea tener las condiciones, pero quien de ellas carece, no se vería apremiado a serlo si no es su voluntad. Y ello porque en una economía próspera, un trabajo en relación de dependencia podría ser bien compensado y seguro, y socialmente reconocido. También ocurriría que no ser profesional universitario no sería un estigma, y hacerse de un diploma por cualesquiera medios no sería prácticamente obligante para “salir de abajo” (aunque ahora tampoco es una garantía).

Todos nosotros, aún no siendo profesionales o empresarios, somos clientes y usuarios, trabajadores, o proveedores de los empresarios y de los profesionales. Y en una sociedad liberal, todos podríamos ayudarnos a enriquecernos todos, unos a otros, tanto como cada quien quisiera, de acuerdo a su propia escala de valores, sin que gobernante alguno le obligara o condicionara a ser pobre.

Y con seguridad todos nos ayudaríamos entre todos a pasar la vida holgadamente, con mucho menos incomodidades. Es decir, con las dificultades y problemas de la vida, pero no con ese calvario de padecimientos innecesarios. Con bienes y servicios abundantes, de buena factura y accesibles; sin esa penuria que es ahora. Eso sería cooperación. Eso sería solidario. Eso sería participación. ¿No le parece?

Pero no me diga que es una “utopía”. Si Ud. cree que la de vivir sin robar es una aspiración “utópica”, ¿qué puedo decirle? Siga dejandose robar entonces, y tratando de tomar algo robado cuando le sea posible. No puedo desearle suerte en el saqueo.

viernes, julio 22, 2005

UNA RAZÓN PARA NO VOTAR


El caso venezolano me parece el ejemplo más apropiado para ilustrar la capacidad ilimitada que tenemos los seres humanos para volver a caer en nuestros propios errores. En este país hemos tenido la repetitiva tendencia de votar en las elecciones presidenciales, y demás comicios, por candidatos que ofrecen al electorado rerecurrentes formulas estatistas que, según sus promotores, encontraran la solución rápida y milagrosa a todos los problemas de la sociedad y que solo se diferencian en el color del partido que las propone o en lo radical de sus planteamientos (siempre hacia más estatismo). Este tipo de tendencia yo la denomino estupidez.

Las próximas elecciones no son más que lo mismo, hasta los momentos el debate sobre ir a votar o no ir a votar se ha centrado, básicamente, en la posibilidad que existe de que el ente encargado de la realización de los comicios pueda propiciar un fraude que de la victoria a los candidatos postulados por el gobierno, sobre aquellos que postule la “oposición”; a mi parecer esto es ridículo, que le puede importar al venezolano común un fraude electoral cuando de por si la oferta de candidatos planteada hasta el momento no ofrece cambio alguno sobre la línea de políticas que se ha implementado en nuestro país casi desde su fundación; que diferencia hay en tener como presidente a Hugo Chávez Frías o a Julio Borges si la unica manera de identificarlos radica en cánones de belleza y modales al igual que ocurre entre los diputados, alcaldes, gobernadores, concejales y demás personeros (me permito excluir a Leopoldo López) que proponen todos los grupos políticos de nuestro país.

La Búsqueda

Los venezolanos tenemos que empezar a profundizar en materia política y dejar de votar como cómodos imbéciles por aquel que nos caiga más simpático o nos parezca más bonito, sin pensar jamás en sus propuestas y el grado de influencia que tendrán verdaderamente sobre nuestra manera de vivir. Hasta los momentos nos hemos empeñado en elegir propuestas de tinte socialista que buscan, de forma lógicamente infructuosa, que los individuos avoquen a sus acciones particulares a objetivos colectivos fijados de forma arbitraria por el gobierno, desencadenando de esta forma procesos de corrupción y abuso de poder, porque los seres humanos hemos sido, somos y seremos por siempre individualistas, que perseguimos primeramente nuestros intereses y que al encontrarnos ante intereses colectivos, determinados por el estado, que no se corresponden con los nuestros tendemos a buscar la forma de revertir las cosas a nuestro favor.

Pero existe una filosofía diferente, la liberal, esta propone dejar a los individuos en libertad de buscar sus intereses particulares, lo cual provocará que los mismos en búsqueda de ganancias se unan con aquellos de intereses similares a fin de satisfacer intereses colectivos que ya no se corresponden con los que identifique el estado como prioritarios sino a las necesidades que exprese la población mediante el mercado. Esta filosofía propone la reducción del estado a su expresión más limitada, a fin de dejar en libertad a las personas de actuar sin trabas en los campos de la economía y la sociedad y restándole a la burocracia poder para abusar y recursos para robar.


En fin, esta calidad de debate no se está planteando en Venezuela, no hay ideas o propuestas encontradas, solo hay Estatismo vs. Estatismo. Si este debate estuviese presente yo asistiría a las urnas a apoyar a los candidatos liberales aún bajo la amenaza de trampa, porque finalmente tendría un cambio verdadero para defender y de ser necesario saldría a la calle a luchar por mi voto. Por eso:

YO NO VOTO!!!

Por último, a los lectores de este artículo quiero aclararles algo, el voto es un acto individual y libre que no debe ser obligatorio bajo ningún concepto, por eso si ud. no quiere ir a votar ese día porque esta de acuerdo con mis planteamientos, o porque está contra la trampa o sencillamente amaneció con urticaria ese día, pues no vaya, nadie lo puede obligar a ir o a no ir, esa es su decisión la cual además puede ser una muestra de su inconformidad y no se preocupe, que por eso no se pierde el derecho a opinar.


Julio Pieraldi

jueves, julio 21, 2005

Dos Gallinas, Dos Vacas y un sin fin de Ideologias



Estos artículos, de Eduardo Garcia Gaspar, los habia leido anteriormente en una caricatura y me parecieron, en aquel entonces, una manera muy peculiar y didáctica de ver las distitas formas políticas en las que se puede abordar un mismo problema. Espero que el lector las disfrute y tenga a bien elegir la más responsable de todas
Lease:
1._Populismo y Mercantilismo
2._Anarquismo, Comunismo y Feudalismo
3._Proteccionismo, Socialismo y Liberalismo

viernes, julio 15, 2005

Los Fabricantes de Velas


La Petición de Los Fabricantes de Velas es uno de los clasicos más importantes del Liberalismo, escrito y pronunciado por el economista francés del siglo XIX Fréderic Bastiat, frente a la asamblea de legislativa de su país, es una de las explicaciones más sencillas y graciosas acerca de el proteccionismo y de sus nefastas cosecuencias sobre la economia y la sociedad.

Los Fabricantes de Velas existen y los encontramos alrededor de nosotros en toda latinoamerica; propensos a solicitar protección del Estado al verse incapaces de sobrevivir ante la competencia terminan dando apoyo a sistemas de gobierno de tinte socialistas, tan propagados en nuestro continente, donde poder subsistir bajo regulaciones estatales que los colocan en ventaja ante cualquier amenaza, desmejorando (y algunas veces hasta eliminando) la oferta para el consumidor y con el tiempo la calidad de vida de las personas.

¿Reconoce usted a los Fabricantes de Velas en su país?, ¿Sabe si su gobierno es proteccionista?, ¿Será ud. un Fabricante de Velas?.

Lease: liberalismo.org

miércoles, julio 13, 2005

Cosmovisión Cristiana de Los Negocios y Las Ocupaciones

Este artículo, presentado por la Coalición para el Avivamiento, es un excelente complemento para la Cosmovisión Cristiana sobre la Economía, presentada hace unos días en este espacio y que describe el punto de vista liberal con el que la iglesia protestante aborda este importante tema. En esta oportunidad el enfoque liberal pasa del macro al individuo, encarnado esta vez por los negociantes.

Leer más: Coalition on Revival

viernes, julio 08, 2005

La Juventud es Liberal


Con el título, no he querido decir que el hecho de ser joven garantiza el tener un pensamiento de tendencia liberal, lo que he querido decir es que por naturaleza los jovenes tendemos a ser liberales.

Si, es verdad, en el inicio de nuestras vidas todos los seres humanos podemos ser vistos como serviles estatistas, no somos más que pequeños niños en manos de nuestros padres a quienes demandamos cuidados continuos y de quienes dependemos en todo momento para garantizar nuestra supervivencia; es a ellos a quienes recurrimos cuando estamos hambrientos, cuando necesitamos cobijo, cuando tenemos miedo e incluso cuando requerimos nos sea solucionado un capricho; en este momento de nuestras vidas ellos encarnan la figura del estado en el hogar (no de gratis se denomina a los estados proteccionistas como paternalistas), son para nosotros fuente de alimento, defensa, justicia, educación, trabajo... pero con el devenir de los años y a través de un proceso de maduración esos niños pasan a ser adolescentes y posteriormente jovenes adultos, quienes poco a poco empiezan a sentir la necesidad de ir dejando atrás esa protección de la familia y en especial de los padres.

¿Quién en plena pubertad no sintio la necesidad de asumir su propio destino? o, en palabras resumidas, ¿quien a los quince años no sintió que sus padres le estorbaban en algun momento?, eso, al menos en mi generación, es algo muy natural; a todos nos llega el momento en la vida en que decidimos salir de la esfera de proteccionismo, que es el hogar , hacia la busqueda de nuestra independencia y nuestro desarrollo personal; decidimos asumir la responsabilidad de nuestras vidas en todos los aspectos sin que esto implique el abandono de la relación con nuestros progenitores, a quienes reservamos un sitial de autoridad especial y quienes, por lo general, nos apoyan en este dificil proceso de independencia.

Con este articulo no pretendo hacer un análisis psicológico o sociológico de las relaciones entre padres e hijos, es solo un resumen de la percepción que tengo acerca de la juventud y del pensamiento político que más se adapta a las necesidades durante este período de la vida y que, según mi punto de vista, es el liberalismo. Todo esto es la información que recabé durante mis años de colegio y universidad en mis conversaciones con amigos y conocidos; y que hoy en día sigo recibiendo de mis amistades; para quienes la prioridad en sus vidas sigue siendo la independencia personal.

Si tengo razón en mi percepción entonces, ¿qué es lo que ocurre con la juventud?, ¿por qué son presas faciles de ideologias políticas que defienden visiones facilistas, colectivistas y proteccionistas de la vida en vez de buscar tendencias más individualistas, como el liberalismo, que se adapten a sus necesidades?; para mi la respuesta es sencilla, no hay quien se las venda o no se han sabido mercadear estas ideas en ese público; cosa, esta última, que la izquierda si ha hecho de forma exitosa logrando vender en este estrato de la población una ideologia que los hace cambiar el proteccionismo positivo del hogar por un proteccionismo siniestro proveniente de manos del estado y que, en lugar de brindar "protección", termina por esclavizar al individuo al negarle sus libertades civiles y políticas con el pretexto de hacerlo un hombre de bien, un hombre colectivista; como si el hecho de resposabilizarse por uno mismo y preocuprse por los intereses individuales fuese un crimen o algo negativo.

Por eso es que quiero dedicar este artículo a esa generación de liberales ya no tan jovenes, para que no abandonen a las nuevas generaciones con el pretexto de sentirlas apáticas o flojas de pensamiento, pues esa misma apatia la sentí yo hace solo 2 o 3 años y no se trata de otra cosa que la inconformidad de la juventud con el mercado de las ideas que existe en la actualidad y que no ha podido satisfacer sus necesidades, por eso los llamo a seguir buscando la manera de llegar a ese mercado que lamenablemente se encuentra cautivo del pensamiento socialista y al que, si no asistimos con premura, terminaremos perdiendo irremediablemente

La Cosmovisión Cristiana de la Economía

En esta oportunidad la Coalición para el Avivamiento nos explica el porque el trbajo, la producción, el ahorro, la defensa de la propiedad privada y la economía de mercado antes que la mendicidad ante el estado y el hurto; son, ante los ojos de Dios, el camino correcto a seguir por los hombres


"Afirmamos que una economía es mucho más productiva para todos los niveles de personas cuando la gente produce e intercambia libremente bienes, ideas y servicios a precios de su elección dentro de los límites de las leyes Bíblicas en contra del fraude, el robo y la violencia; que el precio justo de bienes, ideas y servicios es aquel en el cual la propiedad puede ser intercambiada libre y honestamente en el mercado; y que el precio de mercado libre de cualquier bien material es una función de la relación entre la oferta y la demanda (Proverbios 20:14; Levítico 19:9, 10; 23:22; Génesis 23:3-16; Proverbios 20:10).
Negamos que la planificación centralizada y otras interferencias coercitivas en la elección personal puedan incrementar la productividad de la sociedad;7 que el gobierno civil tenga autoridad para establecer el valor de la propiedad; y que la Biblia enseñe algún precio "justo" más que aquel que resulte de la interacción entre la oferta y la demanda en un mercado de personas libres (Oseas 7:1; 1 Reyes 21:1-16). "


Lease: Coalition on Revival

La Cosmovisión Cristiana del Gobierno

¿Qué nos tiene que decir la iglesia protestante acerca de su visión de los gobiernos?. El documento que se presenta en el link fue elaborado por los Sres Gary DeMar y Colonel Donel; con aportaciones de parte de los miembros del Comité para el Gobierno de La Coalición para el Avivamiento y traducción de Donald Herrera Terán; en el mismo los autores plasman la visión de esta iglesia acerca del gobierno y sus limitaciones ante la libertad, la vida y la propiedad del hombre que le fuesen otorgadas por Dios, y de las cuales no es propietario sino sirviente

"Afirmamos que el gobierno de Dios es independiente e ilimitado y que todos los gobiernos humanos son establecidos o permitidos dentro de Su soberanía (Deuteronomio 4:17).Negamos que el gobierno del hombre sea independiente e ilimitado, y que algún gobierno pueda afirmar independencia de Dios partiendo de la idea que los gobiernos surgen a partir de los "contratos sociales."
"Afirmamos que existe una distinción vital entre el estado (i.e., el gobierno civil) y la sociedad, y que la sociedad abarca a todas las instituciones de gobierno, de las cuales el gobierno civil es una. Negamos que el ámbito del estado (el gobierno civil) haya de ser considerado como coincidente con la sociedad."


"Afirmamos que Dios tiene como responsables a los gobiernos civiles en todas partes para que protejan los derechos ordenados por Dios a la vida, la libertad y la propiedad privada, y para mantener la paz por medio de sus legítimos poderes. Negamos que la vida, la libertad y la propiedad privada sean derechos definidos por el hombre u otorgados por el estado."

Lease: Coalition on Revival

miércoles, julio 06, 2005

¿La similitud será solo casualidad?

"En la raíz de los problemas en África se encuentran las elites políticas dominantes que han derrochado la riqueza del continente y socavado su productividad a lo largo de los últimos 40 años. "

El autor Moeletsi Mbeki nos presenta en su articulo Liberen a África de sus Élites Políticas, publicado en el Wall Street Journal del 5 de julio del 2005, una excelente descripción sobre la relación entre el paulatino empobrecimiento de los paises del África y la intervención de los oligopolios políticos en el manejo de sus economias y la administración de las ayudas externas. Aún cuando en un principio nos pueda hacer dudar con sus argumentos, el autor deja muy claro que lo que intenta defender es la separación del poder político o gubernamental del económico, reconociendo este último como una atribución del sector privado y no del estado.

"África necesita nuevas instituciones financieras que sean independientes de las elites políticas y que puedan satisfacer las necesidades financieras no solo de los campesinos, sino también de otros productores de pequeña a mediana escala. Más allá de proveer servicios financieros, esas instituciones podrían emprender todo tipo de servicios técnicos que no están siendo ofrecidos en el presente por los gobiernos africanos, tales como la investigación de cultivos, la extensión de servicios, la mejora de la ganadería, el almacenamiento, el transporte y la distribución para hacer más productiva la agricultura. Tales cambios podrían por primera vez forjar la existencia de una economía de mercado genuina que responda a las necesidades de los productores y consumidores africanos."

Aunque inspirado en una realidad propia de otro continente y siempre tomando en cuenta las diferencias, este artículo nos puede hacer reflexionar sobre aspectos de nuestra propia realidad, ¿Será solo casualidad o es que África y Venezuela, o incluso América Latina, tenemos problemas en común?.

Lease: El Cato

¿Puede un Liberal ser Demócrata?

Quizas uno de los mayores problemas que enfrentamos hoy en día, en el mudo de la política, sea el del cambio de los significados que se ha venido dando, de forma expontanea o intencional, a los diferentes conceptos de uso común en esta materia. Uno de estos conceptos es el de Democracia, el cual ha sido mezclado o confundido con otros como Libertad y República, con los cuales se ha vinculado de una u otra manera en el mundo moderno, pero de los que no necesita para poder existir.
Relativo a esta materia el escritor Alberto Mansueti ha elaborado un articulo donde nos explica cada uno de estos conceptos y sus diferencias de forma muy sencilla.

Lease: Neoliberalismo.com